Mi casa se había convertido a lo largo de los años, y como consecuencia de la acumulación de problemas, en una pequeña farmacia. Hasta yo, como persona precavida, llevaba siempre encima un pequeño botiquín, pues sabía, que este me podía salvar de cualquier apuro. Una tirita, un esparadrapo, o una pastilla podían hacer desaparecer desde el más minúsculo hasta el mayor aviso de dolor.
Quizás, algunos me llamasen hipocondríaco, otros, maliciosamente, loco, pero yo guardaba para cada necesidad su pastilla. La de la tristeza era azul cubierta por lunares de chocolate; la del desasosiego, blanca, llevaba grabada una estrella bien oscura; la de la desesperación, verde, tenía un sabor que me recordaba a la menta fresca; la de las decepciones era naranja con un jugoso corazón de fresa; la de la duda incluía un desgarbado interrogante; y así, hasta conseguir un abultado etcétera.
Gracias a ellas, ya no sufría. Pero me había olvidado de sentir. Y ahora, era yo el que me llamaba muerto.

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