
Tráeme el girasol para que yo lo transplante
a mi tierra quemada por la sal,
y muestre todo el día a los azules reverberantes
del cielo la ansiedad de su rostro amarillento.
Tienden a la claridad las cosas oscuras,
se consumen los cuerpos en un fluirde colores: éstos en músicas.
Desvanecersees pues la ventura de las venturas.
Tráeme la planta que conduce
donde surgen rubias transparencias
y evapora la vida cual esencia;
tráeme el girasol enloquecido de luz.
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Habíamos estudiado un silbido para el más allá,
una señal de reconocimiento.
Lo ensayo con la esperanza de que todos estemos muertos sin saberlo.
Bajé, dándote el brazo, por lo menos un millón de escaleras,
y ahora que no estás hay un vacío en cada escalón.
Así y todo fue breve nuestro largo viaje. El mío dura todavía.
Ya no necesito hacer combinaciones, reservas, someterme a las trampas, a las humillaciones de quien cree que la realidad es eso que se ve.
Bajé millones de escaleras dándote el brazo
no porque creyese que cuatro ojos pueden ver más.
Contigo las bajé porque sabía que de las nuestras
las únicas pupilas reales, pese a que estaban tan obnubiladas, eran las tuyas.
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Hay quien muere por nosotros. Es cosa de todos los días
y hasta me ocurre a mí mismo por alguien.
Que sacrificio horrendo esta compensación
que debería salvarnos a todos en bloque,
bravos turistas que gastan poco y no ven nada.
Así marchan de acuerdo teologías, economía,
semiología, cibernética y algo aún desconocido que está incubándose,
del cual seremos nutrición y veneno, plenitud y vacío.

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