Hay días en los cuales la ciudad donde vivo, y los transeúntes, el tráfico, los árboles, todo se despierta por la mañana con un aspecto extraño, usual y sin embargo irreconocible, como en esos instantes en que uno se mira al espejo y se pregunta: «¿Quién es ese tipo?» Para mí, son los únicos días amables del año.Esas mañanas me escapo, si puedo, un poco antes de la oficina y bajo a las calles mezclándome con el gentío, y no me da corte mirar fijamente a cualquiera que pase, del mismo modo que, imagino, algún transeúnte me mira a mí, porque de verdad en esos momentos experimento una sensación de jactancia que me convierte en otro hombre.Estoy convencido de que jamás recibiré de la vida nada valioso, salvo quizás la revelación de cómo podría conseguir provocar a voluntad esos instantes. Un modo de prolongarlos que a veces me ha salido es sentarme en algún café reciente, claro y acristalado, y desde allí captar el estruendo de la calle con sus idas y venidas, el relampagueo de los colores y las voces, y la calma interior que regula toda la agitación.Yo he sufrido en unos cuantos años desilusiones y remordimientos agudísimos, y sin embargo, puedo afirmar que mi aspiración más cordial es sólo esta paz y esta serenidad. No estoy hecho para las tempestades y para la lucha: y aunque ciertas mañanas bajo muy vibrante a recorrer las calles, y mi paso semeja un desafío, repito que no pido a la vida nada sino que se deje mirar. Y sin embargo, hasta este humilde placer me deja a veces la amargura propia de un vicio. No fue ayer cuando me di cuenta de que para vivir es necesaria una astucia, más que con los otros, consigo mismo. Yo envidio a los que consiguen — son especialmente las mujeres — cometer una mala acción, una iniquidad, o incluso sólo satisfacer un capricho, habiendo preparado tal cadena de circunstancias que su acción resulte, ante su propia conciencia, legítima. Yo no tengo grandes vicios si es que este retirarse de la lucha por desconfianza y buscar una solitaria serenidad no es el mayor de los vicios posibles—, pero tampoco sé usarme astutamente a mí mismo y poseerme, cuando disfruto con lo poco que me está permitido.Sucede, en suma, que a veces me paro en la calle y miro en torno y me pregunto si tengo derecho a disfrutar con esa jactancia. Eso ocurre especialmente cuando mis salidas son más frecuentes. No es que robe tiempo a mi trabajo; me mantengo decentemente y mantengo en el colegio a una sobrina mia sola en el mundo a quien la vieja, que se llama mi madre, no quiere en casa. Lo que me pregunto es si no seré ridículo en ese paseo del éxtasis: o y desagradable. Porque pienso a veces que en verdad no lo merezco. O bien, como sucedió la otra mañana, basta con que asista incautamente en un café a alguna escena singular que al principio me engaña con la normalidad de sus personajes, para que vuelva a caer presa de una culpable sensación de soledad y de tantos desolados recuerdos que, cuanto más se alejan, más desvelan en su inmóvil vida significados tortuosos y terribles. (...)
Todos somos asquerosos en este mundo, pero hay una asquerosidad cordial que sonríe y hace sonreír, y otra solitaria que hace el vacío en torno a sí. Después de todo, la primera no es la más tonta.Es en mañanas como ésa cuando me sorprende, renovada cada vez, la idea de que lo único realmente culpable que hay en mi vida es la tontería. Quizás otros causen un bonito daño con cálculo, con seguridad en sí mismos, interesándose por la víctima y el juego —y sospecho que una vida así gastada puede dar muchas satisfacciones—; lo que es yo, nunca he hecho sino sufrir por una grande e inepta incertidumbre, y debatirme, si entro en contacto con otros, en una estúpida crueldad. Porque no hay remedio —basta con que me doblegue un instante bajo el remordimiento de mi soledad, y pienso en Carlotta.Ha muerto hace más de un año, y conozco ya todas las vías que el recuerdo de ella puede recorrer para sorprenderme. Si quiero puedo también reconocer el estado de ánimo inicial que prepara su aparición, y distraerme violentamente. Pero no siempre quiero; y aún ahora ese remordimiento me ofrece rincones oscuros, nuevos puntos, que escruto con la trémula ansia de hace un año. Fui con ella tan tortuosamente veraz que cada uno de esos remotos días me presenta a la memoria no algo fijo, sino el rostro evasivo que tiene para mí la propia realidad de hoy.
CESARE PAVESE
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