
Ángel González
Con tristeza,
el caminante
-alguien que no era yo, porque lo estaba
viendo desde mi casa- recogió su polvoriento
equipaje, se santiguó, y anduvo algo.
Luego dejó de andar, volvió la cara,
Y miró largamente el horizonte.
Iba ya a proseguir quién sabe a donde,
Cuando vio a alguien que venía a lo lejos.
Su rostro reflejó cierta esperanza, después una terrible
Alegría. Quiso gritar un nombre, pero
Su corazón no pudo resistirlo,
Y cayó muerto sobre el polvo,
A ambos lados el trigo indiferente.
Una mujer llegó, besó llorando
Su boca, y dijo:
Ya no puedes oirme,
pero juro
que nunca había dejado de quererte

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