martes, noviembre 10, 2015

moldeando unidad de quemados




¡Abajo el Burda, viva el proletariado!



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 Mi querido patrón me insinuó, un día y otro también, que sufría de susceptibilidad, como si eso se pudiera quitar con Hemoal; y a palo, sin un digestivo, me llamó manipuladora mientras hacía piruetas con mi actitud.
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 Otro día, va y me dijo que no sabía si realizaba las horas que cobraba. Sí, me merecía una doble ración de sales o un ciempiés de chupitos, que tanto monta…Bueno, por lo menos, ya no te recordaba que por 600 reales tenía a cualquiera dispuesto a perder un día entero ladrando a la luna, sabiendo que nunca la iba a alcanzar.
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 A mi patrón no le tengo rencor. Tengo incapacidad para odiarle. A pesar de comerse todas las fichas del parchís y no preguntarme: ¿Quieres una nueva partida?. A fin de cuentas, buena prisa se había dado en prepararlo todo para mi escueto funeral.
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Mi funeral, ya lo he dicho, fue breve, sin lágrimas y celebrado por todos. Al patrón se le antojó aquello de: “te aprecio mucho”. Qué verbo más absurdo, apreciar, como si yo fuera un primo desconocido o una lata de atún.
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No entiendo ni el verbo apreciar ni el sustantivo caridad. Son: medio palabras, intenciones, banalidades o parches a la conciencia.
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Siguiendo con mi pusilánime funeral, por allí no apareció ni el compañero del que yo había hablado a favor para que lo cogieran en la empresa, y que más tarde (en minutos, allí el tiempo corre muy deprisa) se convirtió en mi jefe. Ese mismo que me dijo un día: “Lo hago por tu desarrollo profesional”.
Los demás tampoco acudieron a la despedida, no iba a ser aquel el día en que no triunfara la indiferencia.

Si lo piensas, hasta me ningunearon en mi funeral… ¡y eso que era la muerta!”
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