Éramos
unos cantos rodados. Teníamos la juventud de nuestro lado pero no el futuro. La
vocación y el desencanto igualaba la balanza de los sueños, aunque ésta ya
empezaba a preferir el lado de la desesperanza.
"Los Sin Futuro" decíamos entre risas, y hasta gozábamos de nuestro propio
manifiesto. Ni trabajo, ni dinero, ni casa, ni hijos, sabíamos perfectamente
que era demasiado complicado conseguir algo de esto: nuestras familias no nos
habían aportado un apellido compuesto y el único oro que teníamos lo llevábamos
en nuestra dentadura.
Con
este panorama tan prometedor teníamos dos opciones: luchar por mantener lo
metálico que había en nuestros dientes o huir. Nosotros tiramos por el camino
del medio, pusimos en nuestro manifiesto el mandamiento principal de ser feliz.
A
éste, le seguían otros muchos como: guardar siempre algo que nos recordara a
nuestra infancia, llevar siempre un retrato de alguien a quien quisiéramos, y
conservar sin tachaduras nuestro libro favorito.
Cada
uno elegimos una disposición adicional. Y yo elegí guardar silencio.
No
era una simple pataleta.
Me
había resignado a no ser astronauta. Yo que estaba siempre en las nubes, me
sentía más segura allí arriba que con los convencionales y tangibles. Prefería
la compañía de las lecturas y los sueños, que las simples vaguedades urbanas.
Pero
llegó un momento que mi habitación se llenó de relojes, las manecillas de los
cuales cada vez daban la vuelta más deprisa.
Había
que intentar encajar en el molde, pero preservando el manifiesto.
A partir
de ahora, iba a tratar de llevar una vida convencional, correctamente alineada hacia
un cumplimiento del deber laboral y alejada de cualquier irrealizable.
Pero,
me permití una pequeña licencia: vestirme de astronauta. Era mi pequeña
victoria frente a la sociedad, mi secreta rebeldía.
Mi
primera experiencia laboral no fue, por decirlo de alguna manera, agradable.
Después de saborear tazas de asepsia con algodones de frialdad, puedo decir que
la veo con la distancia suficiente como para poder juzgarla y con el desencanto
justo como para recordarla.
No me quito culpa,
sé que lo tengo difícil para entrar en los parámetros que se exigen. Y tampoco
debo despreciar mi inmadurez para las relaciones sociales y la incapacidad para
soportar algo adulterado y sin brillo.
Aun así, debía
esforzarme por aparentar esa normalidad tan celebrada por unos y deseada por
otros, aunque el acceso a una rutina no era tarea fácil.
Cada mañana, el trayecto
de la puerta de entrada al despacho se convertía en una caminata impertinente y
descarada de siseos y chismorreos. Mi traje que debía servirme de coraza, era a
la vez el motivo de la ofensa y el desprecio.
Mi intento de
conversación siempre quedaba en una perorata absurda y vacía, ya que ellos
nunca tenían la intención de dejar de mirar fijamente cualquier pantalla que
les salvara de mi propósito.
Yo sé que,
seguramente, el ir vestida de
astronauta no ayudaba. No era como ellos, y lo más temible: nunca lo
sería.
Utilizaré en su
defensa que sufro de una susceptibilidad exagerada, aunque mi instinto no me suele fallar, sobre
todo cuando alguien se dirige a mí con un: “Toma una bolsa de basura y hazte tu
propio planeta”.
Y así, poco a
poco, las escasas conversaciones con mis compañeros siempre daban para mucho
más de lo que yo pretendiera: servían para convertir mi cabeza en una pecera (por otro lado, nada mejor para ser un buen
astronauta).
Un día el jefe me
llamó a despacho. Andaba torpemente con mis pesados pies, pero aún más lento
hubiera andado si llego a saber el motivo de este encuentro. Nada hacia
presagiar que esta conversación era de punto final, por lo menos para mí.
Comenzó haciendo
piruetas sobre mi actitud con la facilidad del que sabe que el oponente no está
acostumbrado a debates televisivos. Siguió con una acusación que, fácilmente impugnada con la hemeroteca y la memoria, quedó en interrogante. Y consumó
con un goteo incesante de reproches y peticiones, para acabar por imponerme un
dilema: un enjambre de palabras que tomé como invitación.
Así que, no podía
suceder otra cosa: me despedí. Era una
cuestión de dignidad o estupidez, según se quiera ver.
No sería nunca astronauta, eso estaba claro.
Pero no iba a renunciar a mi manifiesto, y mucho menos por exigencias de una
sociedad a la que no pertenecía. Al fin y al cabo, el único contrato importante
lo estaba realizando a cada trazo desdibujado de mi vida, y sólo debía
brujulear un poco para no perderme en asideros falsos que se interponían en mi
ambición.
Por lo menos, la despedida fue tan rápida que apenas me percaté. Buena
prisa se había dado mi jefe en prepararlo todo para mi escueto final.
Mi despedida o
funeral laboral, ya lo he dicho, fue
breve, sin lágrimas y celebrada por todos. El jefe llegó a balbucear el
soniquete correcto para las relaciones sociales de: “te apreciamos mucho en
esta empresa”. Ese tipo de formalismos y convencionalismos que yo, un poco
asilvestrada socialmente, no entendía. Horas más tarde lo celebró, como era su habitual, con una copa; bebiendo con tal complacencia, que no se daba cuenta de que la bebida se le desparramaba por sus labios.
Se puede decir que lo que no era hueco y
vacío en mi despedida, era un artificio.
Siguiendo con mi
pusilánime final, por allí no apareció ni el compañero del que yo había hablado
a favor para que lo admitieran en la empresa. Seguramente no estaba en su
intención hacerme ningún desaire, más bien, era una cuestión de supervivencia,
estrategia o diplomacia. No debía de crearse ningún enemigo, a fin de cuentas,
se había convertido en jefe a los pocos minutos de llegar (ya no sé si porque
el tiempo en esta empresa pasaba muy deprisa, o porque había descubierto algún
atajo desconocido para mí).
Los demás tampoco
acudieron a la despedida, no iba a ser
aquel el día en que no triunfara la indiferencia y el menosprecio.
Si lo piensas,
hasta me ningunearon en mi funeral… ¡y eso que era la muerta!
Lo peor no era el
estallido de silencios o mi pecera a punto de derramarse por preguntas,
rencores y dudas sobre mi decisión. Lo
que verdaderamente asusta es echar la vista atrás y saber que, de todos los
firmantes de aquel manifiesto, sólo yo he respetado su punto principal.
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