martes, noviembre 17, 2015

Unidad de quemados (punto final)





Éramos unos cantos rodados. Teníamos la juventud de nuestro lado pero no el futuro. La vocación y el desencanto igualaba la balanza de los sueños, aunque ésta ya empezaba a preferir el lado de la desesperanza.

"Los Sin Futuro" decíamos entre risas, y hasta gozábamos de nuestro propio manifiesto. Ni trabajo, ni dinero, ni casa, ni hijos, sabíamos perfectamente que era demasiado complicado conseguir algo de esto: nuestras familias no nos habían aportado un apellido compuesto y el único oro que teníamos lo llevábamos en nuestra dentadura.


Con este panorama tan prometedor teníamos dos opciones: luchar por mantener lo metálico que había en nuestros dientes o huir. Nosotros tiramos por el camino del medio, pusimos en nuestro manifiesto el mandamiento principal de ser feliz.

A éste, le seguían otros muchos como: guardar siempre algo que nos recordara a nuestra infancia, llevar siempre un retrato de alguien a quien quisiéramos, y conservar sin tachaduras nuestro libro favorito.

Cada uno elegimos una disposición adicional. Y yo elegí guardar silencio.

No era una simple pataleta.

Me había resignado a no ser astronauta. Yo que estaba siempre en las nubes, me sentía más segura allí arriba que con los convencionales y tangibles. Prefería la compañía de las lecturas y los sueños, que las simples vaguedades urbanas.

Pero llegó un momento que mi habitación se llenó de relojes, las manecillas de los cuales cada vez daban la vuelta más deprisa.

Había que intentar encajar en el molde, pero preservando el manifiesto.

A partir de ahora, iba a tratar de llevar una vida convencional, correctamente alineada hacia un cumplimiento del deber laboral y alejada de cualquier irrealizable.

Pero, me permití una pequeña licencia: vestirme de astronauta. Era mi pequeña victoria frente a la sociedad, mi secreta rebeldía.

Mi primera experiencia laboral no fue, por decirlo de alguna manera, agradable. Después de saborear tazas de asepsia con algodones de frialdad, puedo decir que la veo con la distancia suficiente como para poder juzgarla y con el desencanto justo como para recordarla.

No me quito culpa, sé que lo tengo difícil para entrar en los parámetros que se exigen. Y tampoco debo despreciar mi inmadurez para las relaciones sociales y la incapacidad para soportar algo adulterado y sin brillo.

Aun así, debía esforzarme por aparentar esa normalidad tan celebrada por unos y deseada por otros, aunque el acceso a una rutina no era tarea fácil.

Cada mañana, el trayecto de la puerta de entrada al despacho se convertía en una caminata impertinente y descarada de siseos y chismorreos. Mi traje que debía servirme de coraza, era a la vez el motivo de la ofensa y el desprecio.

Mi intento de conversación siempre quedaba en una perorata absurda y vacía, ya que ellos nunca tenían la intención de dejar de mirar fijamente cualquier pantalla que les salvara de mi propósito.

Yo sé que, seguramente, el ir vestida de astronauta no ayudaba. No era como ellos, y lo más temible: nunca lo sería.

Utilizaré en su defensa que sufro de una susceptibilidad exagerada, aunque mi instinto no me suele fallar, sobre todo cuando alguien se dirige a mí con un: “Toma una bolsa de basura y hazte tu propio planeta”.

Y así, poco a poco, las escasas conversaciones con mis compañeros siempre daban para mucho más de lo que yo pretendiera: servían para convertir mi cabeza en una pecera (por otro lado, nada mejor para ser un buen astronauta).

Un día el jefe me llamó a despacho. Andaba torpemente con mis pesados pies, pero aún más lento hubiera andado si llego a saber el motivo de este encuentro. Nada hacia presagiar que esta conversación era de punto final, por lo menos para mí.

Comenzó haciendo piruetas sobre mi actitud con la facilidad del que sabe que el oponente no está acostumbrado a debates televisivos. Siguió con una acusación que, fácilmente impugnada con la hemeroteca y la memoria, quedó en interrogante. Y consumó con un goteo incesante de reproches y peticiones, para acabar por imponerme un dilema: un enjambre de palabras que tomé como invitación.

Así que, no podía suceder otra cosa: me despedí. Era una cuestión de dignidad o estupidez, según se quiera ver.

No sería nunca astronauta, eso estaba claro.

Pero no iba a renunciar a mi manifiesto, y mucho menos por exigencias de una sociedad a la que no pertenecía. Al fin y al cabo, el único contrato importante lo estaba realizando a cada trazo desdibujado de mi vida, y sólo debía brujulear un poco para no perderme en asideros falsos que se interponían en mi ambición.

Por lo menos, la despedida fue tan rápida que apenas me percaté. Buena prisa se había dado mi jefe en prepararlo todo para mi escueto final.

Mi despedida o funeral laboral, ya lo he dicho, fue breve, sin lágrimas y celebrada por todos. El jefe llegó a balbucear el soniquete correcto para las relaciones sociales de: “te apreciamos mucho en esta empresa”. Ese tipo de formalismos y convencionalismos que yo, un poco asilvestrada socialmente, no entendía. Horas más tarde lo celebró, como era su habitual, con una copa; bebiendo con tal complacencia, que no se daba cuenta de que la bebida se le desparramaba por sus labios.

Se puede decir que lo que no era hueco y vacío en mi despedida, era un artificio.

Siguiendo con mi pusilánime final, por allí no apareció ni el compañero del que yo había hablado a favor para que lo admitieran en la empresa. Seguramente no estaba en su intención hacerme ningún desaire, más bien, era una cuestión de supervivencia, estrategia o diplomacia. No debía de crearse ningún enemigo, a fin de cuentas, se había convertido en jefe a los pocos minutos de llegar (ya no sé si porque el tiempo en esta empresa pasaba muy deprisa, o porque había descubierto algún atajo desconocido para mí).

Los demás tampoco acudieron a la despedida, no iba a ser aquel el día en que no triunfara la indiferencia y el menosprecio.
Si lo piensas, hasta me ningunearon en mi funeral… ¡y eso que era la muerta!

Lo peor no era el estallido de silencios o mi pecera a punto de derramarse por preguntas, rencores y dudas  sobre mi decisión. Lo que verdaderamente asusta es echar la vista atrás y saber que, de todos los firmantes de aquel manifiesto, sólo yo he respetado su punto principal.